Yo y Slow Food
Madieng Seck, periodista, director de la revista de agricultura Du Mensuel Agri y fiduciario Slow Food en Senegal nos cuenta su historia...
"Cuando, hace siete años, descubrí Slow Food yo me encontraba ya muy comprometido con la labor de información sobre la agricultura y la cultura rural en Senegal. De mis orígenes campesinos había mantenido la pasión por los senderos en los campos y gustaba de acompañar a los campesinos a lo largo de esos senderos para trascribir más tarde la narración de sus actividades. Algunos de mis colegas me llamaban entonces “el periodista de la sabana” a raíz de un articulo escrito en 1997 sobre la nobleza del oficio de campesino, labor hoy relegada por muchos hermanos africanos para formar parte del séquito de ministros o jefes de estado y disertar del desarrollo de África entre los estucos dorados de los grandes palacios.
Trabajando sin parar con los pequeños productores descubrí un mundo diferente: el del saber práctico campesino, pertinente y perspicaz. Un saber que siempre he pretendido valorizar, divulgar, o simplificar también si éste era el caso, para proponerlo a otros pequeños campesinos que, a su vez, custodiaban los conocimientos de técnicas productivas extraordinarias: cómo desembarazarse de tal o cual predador, cómo hacer más rica la tierra madre, cómo curar a los animales o a si mismos. En pocas palabras: cómo vivir y sobrevivir en el buen medio de un universo cada vez más vinculado a las biotecnologías, a las industrias agroalimentarias y a un productivismo destructivo.
El descubrimiento de Slow Food en 2002 me abrió los ojos a la necesidad de construir en mi país un vínculo fuerte entre las diferentes comunidades del alimento –productores, transformadores, cocineros y consumidores-, para salvaguardar y valorizar el patrimonio vegetal y constituir una sólida economía local de territorio. Pero además, tras el concepto de “comunidad del alimento” aparecían ideas aún más sutiles: Slow Food hablaba de convivium, de Baluartes, de Arca del Gusto, palabras nuevas con capacidad de alentar al pequeño productor, de insuflar vigor a conceptos como la biodiversidad y la tierra madre. Era entonces 2003, el año precedente a la primera edición de Terra Madre.
Terra Madre, un fresco idílico
La participación en un evento de estas características fue para mi una experiencia en verdad inolvidable. En Terra Madre 2004 vi desfilar en Turín, por primera vez en sus trajes tradicionales, a millares y millares de campesinos del mundo entero; discutían de forma sincera, fraternal y sociable de agricultura sostenible, de alimento sano, limpio y justo. Algunos, muy comprometidos con la Asociación Slow Food, practicaban con alegría el intercambio de productos agrícolas y los apretones de manos, mientras otros, como una mujer surafricana empeñada en el campo de la restauración, apenas podían contener las lágrimas al hablar de la labor titánica realizada por Carlo Petrini, presidente de Slow Food, para reunir a tantas comunidades del alimento.
La observación de aquel gran cuadro idílico durante aquel otoño de 2004 en Turín, me aportó muchas cosas: en primer lugar que Slow Food se había hecho grande, muy grande: grande por el gran número de campesinos de todo el mundo llegados para compartir saberes, haberes y poderes locales. Aun personajes como el Príncipe de Gales, del Reino Unido, se hallaban mezclados entre nosotros, entre los convivium diría yo, para compartir los alimentos locales, sanos, limpios y justos del territorio bajo un signo de equidad.
Fue más tarde, en Terra Madre 2006, y más precisamente en el Salone del Gusto, cuando los chefs europeos descubrieron los cereales africanos: las cocineras Bineta Djallo y Maye Ndour dieron allí, en el Salone, a degustar por vez primera el fonio (digitalis exilis), pequeñísimo y sabroso cereal africano.
Si Terra Madre 2008, una vez más en Turín, me pareció un evento más retórico, el encuentro celebrado a principios de noviembre en Toscana fue decididamente fructífero en contenidos técnicos y concretos gracias, entre otras cosas, a la puesta a punto de un cúmulo de proyectos pensados para los campesinos y los convivium de África y de América Latina.
Entre todos aquellos proyectos he de citar nuestro “Mangeons local”, que comenzó en 2008 gracias al convivium senegalés “Lek Mégnef Senegal”, por mí creado y dirigido.
Este humilde proyecto tiene como fin sensibilizar e interesar a los escolares de Dakar y concienciarlos sobre la necesidad de optar por un consumo de productos agrícolas senegaleses. Financiado por la Fundación Slow Food para la Biodiversidad con la modesta suma de 10.000 euros, la idea está abriendo su propio camino con éxito, sin necesidad de los millardos de la Banca Mundial, como ha destacado justamente Piero Sardo, Presidente de la Fundación, con motivo de su visita a Dakar hace ahora dos años.
Un tanto por doquier en África, en Burkina Faso, en Mauritania, en Malí, en Costa de Marfil, en Kenia, en Etiopía, en Chad y en otros lugares, se difunden ahora por los campos otros pequeños proyectos de educación del gusto, de huertos escolares, de defensa o valorización de las especies vegetales en via de extinción, de Mercados de la Tierra. Y todos ellos están dirigidos por africanos para los africanos, maduran lentamente pero sobre bases sólidas, gracias a Slow Food.
El día de mañana en África germinarán otros pequeños proyectos y otros Terra Madre locales.
En Senegal, el convivium “Lek Mégnef Senegal” se halla listo y en forma para garantizar larga vida a Slow Food."
Madieng Seck
syfia@orange.sn
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